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UNA REFLEXIÓN FINAL E HISTÓRICA SOBRE EL ALIMENTO TRANSGÉNICO

Por el Dr. Sacha Barrio Healey


Parafraseando la oración original del Padre Nuestro en Arameo, lo que nosotros conocemos como: no nos dejes caer en la tentación….., la versión original recitada por Jesús dice: no dejes que las cosas superficiales nos engañen, (don’t let surface things delude us), es decir, tenemos que mirar mas allá de lo inmediato, mensaje muy relevante en esta oportunidad cuando es necesario liberarnos de camuflajes y confrontar profundamente la verdad.

Aceptar o rechazar el alimento transgénico es quizá la pregunta más trascendental de nuestro tiempo. Nunca en la historia hemos estado ante una encrucijada tan colosal, en lo económico, en la salud humana, y en la salud de nuestro planeta. La interrogante que esto supone nos hace indagar preguntas profundas sobre nuestra ética, sobre el curso futuro de nuestra política económica y sobre la vida misma. La respuesta que cada político le dé a este tema revelará de inmediato su madurez, su capacidad visionaria y su filosofía política.

Por un lado, de esta coyuntura se encuentran las corporaciones omnipotentes, que con publicidades y encantos científicos, aparecen como filántropos magnánimos que pretenden salvar a la humanidad del hambre. En otro lado, se encuentra un masivo grupo de ciudadanos desinformados que no sabe qué es lo que realmente está en juego, ni de qué se trata el tema. Finalmente están unos cuantos que con ciencia, pero sobre todo con sentido común, indagan más allá de promesas maquilladas de ciencia y progreso.

En este tema no se trata de ser político de derecha o izquierda, liberal o conservador, moralista o hereje. Cuando de alimento se trata lo ofrecemos y recibimos con amor, con indiferencia o con alevosía. Honestamente hasta ahora no hemos podido encontrar dignidad ni amor en el alimento transgénico. ¿Dónde está el amor de la Monsanto para con la humanidad? Nuestro pueblo está lleno de coterráneos campesinos que gustosos compartirán sus alimentos, su maíz, papa, coca y quinua, poniéndolas a disposición de todo hermano que se acerque a comer.

Los sumerios descubrieron la agricultura del trigo y tenían tres mil variedades de trigo para elegir, una variedad especial para cada ecosistema. En tiempos modernos seguimos disponiendo de una gama de variedades de trigo pero tan sólo cultivamos cuatro variedades, a fuerza de fertilizantes y pesticidas forzamos a este grano a prosperar en casi cualquier ecosistema. De triunfar la biotecnología, quedará una sola variedad de trigo, será patentada y tendremos que pagar los derechos de siembra a unos señores comerciantes que se calcularon más perspicaces que la naturaleza misma. Cada año tendremos nuevas variedades de trigo transgénico, nuevos herbicidas, debido a las resistencias de malezas y plagas que se producen, el agricultor quedará amarrado a toda una tecnología, y cada año necesitará actualizar su software genético.

Lo que nosotros llamamos ciencia era llamado orden natural por nuestros ancestros amerindios y mesopotámicos. Quizá ellos más que nosotros percibieron el orden de la naturaleza, se impregnaron con la filosofía de estar sujetos a este orden vasto. El secreto era encajar y fluir, afinados con la música oculta de la madre tierra. Ahora el hombre científico es sordo ante la música de la naturaleza, le impone su torpeza y su mezquindad, y la quiere amoldar para que sirva a sus intereses económicos.

Sabemos que Machu Picchu ha deslumbrado los sentidos de muchos, el mundo lo admira y se le considera una maravilla del planeta. Muchas hipótesis se han establecido sobre su propósito: un centro de culto, un observatorio astrológico, una residencia para la nobleza. La teoría que ostenta mayor realismo, es la que sostiene que Machu Picchu fue una laboratorio científico para la creación y adaptación de semillas. Es de común acuerdo que los Incas y todas sus civilizaciones predecesoras en el Perú fueron culturas obsesionadas con la producción de semillas de alta calidad. Ante el hallazgo de una semilla nueva de la selva o ceja de selva, ellos tenían que adaptarla para su cultivo en la altura. Para este propósito, necesitaban armonizar su práctica agrícola con un preciso conocimiento astronómico, en Machu Picchu son conspicuas las evidencias arqueológicas de instrumentos de cálculo sideral. Las semillas eran cultivadas en un andén, tras una o más generaciones, se le ascendía progresivamente al andén superior, y así se iba adecuando la planta a una nueva altura y una nueva humedad. El agua usada era un sistema autónomo, no dependiente de lluvias. Además hay opiniones científicas sobre el efecto magnetizador que crearon con movimientos de turbulencia a lo largo de su curso.

Machu Picchu no sólo fue un centro de creación de semillas, sino que además fue un banco de conservación de semillas madre. Muchas semillas tendrían que seguir aclimatándose en otras alturas, se sabe que Moray, Colca, Pisac y Ollantaytambo fueron también usados para este propósito. Además de aclimatar la planta a diferentes alturas se crearon infinidad de variedades de la misma: tenemos 3000 variedades de papa, y 3500 de quinua, y podríamos listar variedades ad infinitum.

Si los Mayas son afamados en el mundo por sus hallazgos en astronomía, y vivían alucinados con el tiempo, el cosmos y los astros, nuestros ancestros andinos estaban obsesionados con el espacio, a quien denominaban Pachamama, con temas más prácticos y terrenales, y su dedicación fue a la producción de diferentes semillas de la más alta calidad, para nutrir a su pueblo, vigoroso, sabio y sano. Su legado histórico no está escrito en papel o papiros sino en el ADN de tantas variedades, de Tarwi, Kiwicha, Quinua, Papa, Muña, Coca, Oca, Olluco, tomate, pallar. Se dice que la papa originalmente fue una sola y tóxica a partir de la cual se crearon miles y todas comestibles y deliciosas.

¿Qué pensarían nuestros hijos si les entregáramos el país en escombros, con su más grande tesoro dilapidado, y un “científico” latrocinio de todos nuestros recursos genéticos? El país más célebre en el mundo por su biodiversidad, la derrocha por la seducción de una supuesta competitividad y desarrollo tecnológico, burlado por la avaricia de las grandes corporaciones.

La naturaleza tiene un orden que obedece y como dice Galileo “La naturaleza no transgrede nunca las leyes a ella impuestas, y no se preocupa jamás de que sus recónditas razones y modos de actuar sean accesibles a la capacidad de pensar de los hombres”. La naturaleza no puede más que seguir el orden de sus leyes: inexorable, implacable e ineludible.

Cuando vamos a la montaña y vemos los colores, aromas y todas las texturas de la naturaleza, no sólo quedamos maravillados ante todo; si observamos detenidamente vemos que cada día tiene su atardecer, y que éste sucede a una hora dada, y que la luna también tiene un ciclo exacto y preciso, y que todos los planetas siguen un orden matemático alrededor del sol, y el sol a su vez circula alrededor de las Pléyades, con un año solar que dura 25 mil años, y que nuestro universo está contenido dentro de otro perennemente más vasto. Cuando hayamos examinado la dimensión de este orden, sabremos que la naturaleza es ancha, y que todos nosotros no somos más que diminutos partícipes de esa totalidad.

La naturaleza, en su silencio omnisciente, está por encima de toda alevosía, cálculo y soberbia del hombre. Como nadie ignora, la naturaleza es generosa, nos da todo: frutas, legumbres, aire, sol, bosques y bellezas naturales para admirar. Es como una madre incondicional pero si transgredimos sus leyes, aritméticamente estaremos sujetos a ciertas consecuencias, no por venganza o reprimenda, sino por el flujo de leyes naturales.

Por ser criaturas naturales estamos hormigueantemente sometidos a las ordenanzas de la Naturaleza. Cuando el hombre se orienta con una filosofía tosca y sorda, se extralimita y razona que sabe más que la naturaleza, e imagina que, sin pagar el precio, puede vivir de chatarra, contaminación, alimentos artificiales, transgénicos y otras desaforadas costumbres. ¿Qué ilusión es la que ha llevado al hombre a imaginar que puede destruir la tierra y enriquecerse a costa de esa desgracia? Si la ignorancia cala hondo en la vida de un ser, la naturaleza, siguiendo la ley de acción y reacción, pasará a enseñarnos algo, en un duelo invisible nos dará severas lecciones.

Si por ceguera o extravío transgredimos las reglas, enfermaremos; con náuseas, diarreas, insomnios, ansiedades y dolor. Cuando el pecho y la garganta estén ardiendo por la quimioterapia de pesticidas, plaguicidas, transgénicos y otras contaminaciones, con una sed profunda de orden, armonía, perdón y amor, pediremos socorro cuando quizá ya sea demasiado tarde. La Naturaleza nos habrá aleccionado un misterio, que ella es ineludible e implacable, que nosotros formamos parte de esta naturaleza, aunque, a decir verdad no somos más que unos diminutos microbios naturales, irrisoriamente breves e insignificantes. Habremos dado una gran vuelta, y así abatidos, regresaremos al orden natural, ahora con mayor humildad y admiración. No juguemos con ella porque individual o colectivamente nos puede ir muy mal.

Cuando nuestros ancestros se inclinaban ante el sol y la pachamama, no era por superstición y hechicería, era porque ellos sí tenían claras sus jerarquías, y aprendieron a vivir entrelazados, con cosmología sanguínea, en armonía con el orden intangible.

<b>UNA REFLEXIÓN FINAL E HISTÓRICA SOBRE EL ALIMENTO TRANSGÉNICO</b>
 

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Esta nota/artículo ha sido originalmente publicado por www.caracasdigital.com, el 02 de Abril de 2008..

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